Hoy me he levantado, que no es poco. Podría decir que parece
que me haya pasado un camión por encima. Menos mal que mis neuronas parecían
seguir funcionando esta mañana… Porque he ido a trabajar y he podido hacerlo
con cierta normalidad. También es cierto que ayer sólo tomé una bebida
refrescante (zarzaparrilla, que no tengo ganas de publicidad de bebidas) porque
tenía que coger el coche y al día siguiente trabajar.
Pues bien, os preguntaréis, ¿cómo he terminado yo allí? Mi
buen amigo JP decidió que, tras tener un día un poco duro en sus estudios que
le mantienen bastante alejado de la Humanidad (creo que después de escribir
esto no tengo muy claro que debiera seguir escribiendo dicha palabra con
mayúscula), debíamos salir. Habían terminado las jovenzanas la prueba de
selectividad, y para JP todavía rondaba la fantasía de poder encontrar alguna
mujer que encajase en sus estereotipos de la perfección. En realidad sabía que
lo único que quería era airearse… Ya empezaba todo esto a oler a aquellas
épocas “doradas” en las que se salía a pernoctar como si de la canción de Daft
Punk “Lucky” se tratase. Ilusiones vacías que terminaban en interminables
noches que culminaban volviendo a casa después de haber tirado a la basura
muchas horas de tu vida. Bueno, miento, una de ellas me traje a casa a mi
querida gata, ya que me siguió un largo camino para después nunca regresar de
donde vino. Desde luego si la conocierais, os diría que todas esas salidas
nocturnas merecieron la pena por encontrarla a ella.
Pero no quiero desviarme del tema mucho más. JP tenía una
buena jaqueca y aún así, deseaba quitar el velo misterioso que nos tenía que
ofrecer la noche. La zona de bares parecía desierta… Casi nadie en las calles.
Pasabas de largo los vacíos bares y eso que era la 1 de la mañana. Hicimos una
primera parada en un bar, lugar en el que compartimos conversación con un
amable camarero. El tema, cómo no, el desamor. Un clásico de las noches vacías
y casi como una broma pesada por los momentos que nos tocaba vivir.
Igualmente, el tono general de la conversación fue animado.
Últimamente estaba descubriendo los placeres de mirar la vida con el prisma
positivo y parece que daba resultado. Los puntos fuertes: “La mancha de una
mora con otra se quita”, “Ya podía haberla mandado a tomar por culo antes que
ella a él y así darse el gustazo” y “El tiempo lo cura todo”. Resumen práctico,
rápido y muy esquemático. También hubo una pequeña disertación de las opciones
que teníamos para encontrar fiesta: Ya las conocíamos todas (con escaso éxito)…
excepto una.
JP no cesó su empeño en busca de “la noche loca” y decidimos
probar suerte en un bar al que no habíamos podido ir anteriormente. Nuestro
amigo Y detesta los lugares atestados de gente… Pero en ese momento, los
protagonistas de la historia éramos JP y yo (cual capítulo de Juego de Tronos
tan de moda en la actualidad).
Y ahí comenzó todo: Nos encontramos con el hermano de Y, el
grandioso J y su buen amigo B. Ya iban un tanto perjudicados, lo cual haría más
amena y llevadera la aventura que nos esperaba. Hoy bajaríamos a la
sauna-infierno… Y subiríamos de nivel cual nivel de las vacas del Diablo I.
Sinceramente, voy a ser conciso y breve como lo sería Tolkien: Jovenzuelas, con
mozalbetes imberbes, bakalones, musculitos y en mi cabeza un eterno “quécoñohagoyoaquí”.
Traté de pasarlo bien, lo prometo. Bailoteé cual imbécil a ritmos de horror (El
señor J sabe apreciar la música, cada dos por tres me repetía “La música que
ponen aquí es guena guena” a lo que yo respondía “¡Es crema!”). Me bebí mi
zarzaparrilla refrescante (evitando que fuera derramada por el impulso de algún
frenético bailoteo de algún paisano), y disfruté de la sauna humana que nos
ofrecía aquel habitáculo/espectáculo, frente al roce social (que en este caso
no hace el cariño).
Como toda noche de nuestra adolescencia terminó de un modo
similar. La amiga de turno de bla que se ha puesto mala/a llorar/dramatizar su
vida culpando al alcohol y el desenfreno de sus actos y por tanto el amigo X
que va a ayudar como un gilipoll… DigoooOoO como un perfecto caballero y acaba
media noche disfrutando de una agradable velada entre sujeción de cabezas para
un vomitado perfecto, curso de psicología avanzado por correo y en algunos
casos, servicio de correo humano hasta casa. ¿Pagafantismo, bondad innata,
absurdez lamentable? No lo sé. Luego la gente se dispersó para disponerse al
acto de caza, focalizando en las víctimas cual documental de Félix Rodríguez de
la Fuente. Y llegado el momento, decidí escapar cuando ya era una hora menos
que más prudente para hacerlo.
Me estoy haciendo viejo. No entiendo el mundo que me rodea (ni
creo que él me entienda a mí). Mira que adoro mi ciudad, pero cada día que
pasa, me convenzo más de que es una jaula para mi vida más que otra cosa. Por
lo menos en lo que buscar pareja se refiere. Os dejaré un momento de reflexión
con mi “historia de una Ida a la adolescencia y una Vuelta”. Sed buenos… O no,
total, no entiendo nada.